dijous, 4 de juny de 2015

Quien bien te quiere… no te hará llorar

Hace unas semanas, las redes se inundaron de comentarios sobre dos documentos inconexos, pero ambos relacionados con la manera en que tratamos a los niños/as y adolescentes. El primero, “Los internados del miedo”, documental de Montse Armengou y Ricard Belis, emitido por TV3, que narra con crudeza los testimonios de personas que, en el período final del franquismo, sufrieron maltrato, abuso y explotación por parte de personas supuestamente dedicadas a su cuidado y educación. Más allá del análisis narrativo del documental, la reacción natural de los espectadores fue, lógicamente, el rechazo sin paliativos a los hechos narrados, junto al dolor, la rabia y la necesidad de articular mecanismos para garantizar que nada así pueda suceder. No eran hechos generalizados y probablemente hoy nos sentimos lejos y a salvo de situaciones así.

Sin embargo, con datos mucho más recientes, Save the Children estima que 40 millones de niños menores de 15 años son víctimas de malos tratos o abandono en el mundo. No importa que esos niños, niñas o adolescentes estén cerca o lejos. Son personas que sufren, la mayoría de manera anónima, situaciones similares a las que relataba el documental. 

El segundo documento al que me refería al inicio es el video de Toya Graham dando guantazos a su hijo Michael mientras este participaba en los disturbios callejeros desencadenados en Baltimore tras la muerte de un joven negro a manos de la policía. Para una parte de la prensa mundial, Toya es la “madre del año” y un ejemplo de amor y compromiso con la educación de sus hijos. 

La escena (y el uso que los medios hacen de ella) requiere un análisis complejo, pero quiero detenerme en el argumento central que nos hace percibir a Toya como prototipo de buena madre. “Él sabe que le quiero”, relata a la prensa, mientras su hijo sonríe con cierta complicidad. El amor lleva a esa madre a poner los límites necesarios para que su hijo no se complique la vida y lo hace con los recursos que tiene a su alcance.
¿Así de fácil? ¿El amor expresado por el educador y percibido por el educando legitima el uso ocasional de la violencia física (llamémosla “de baja intensidad”)? Así parecen creerlo una parte importante de nuestros conciudadanos. Según datos del Centro de Investigaciones Sociológicas, más de la mitad de los adultos (exactamente el 52,2%) creía, recientemente (es un estudio del 2004), que a veces es necesario pegar a un niño para educarlo.

Educar requiere un esfuerzo 


Por compleja que en ocasiones resulte la mente humana, no parece posible que nadie pueda vincular los abusos sexuales con una intencionalidad educativa. Sin embargo, en el caso de las palizas, cuando estudiamos casos como los relatados en el documental de Armengou y Bellis, sí se dan situaciones en las que los agresores elaboran un discurso que las justifica como parte de un bienintencionado proceso educativo. Incluso, y eso es lo más terrible, parte de ese discurso es interiorizado por las víctimas, que pueden llegar a desarrollar un desgarrador e incomprensible sentimiento de culpa mezclado con la exculpación del agresor (¡porque “lo hacía por su bien”!).

Para quien confunde bondad con pasividad, o cariño con falta de exigencia, el suceso de Baltimore ha sido un argumento para reivindicar el “poder educativo del bofetón” y hacer un guiño cómplice a tiempos pasados, en los que los adultos tenían “autoridad” y los niños y niñas crecían aprendiendo “el valor del esfuerzo”.

Ante esa tentación, conviene recordar que educar no es un acto instintivo. Educar requiere esfuerzo por parte del educador (precisamente ese que reclamamos a los niños y niñas), capacidad de gestión de las emociones, lucidez para poner límites y entender la dificultad de adaptarse a ellos, firmeza en las decisiones que tienen que ver con el bienestar de los niños, niñas y adolescentes, sentido del deber y sentido del humor, paciencia y mucho, mucho amor. 

Educar requiere entender que, en ocasiones, educamos con el qué pero también con el cómo y que el uso de la violencia en cualquiera de sus formas (es difícil medir la intensidad) equivale a declarar que no tenemos otros instrumentos para afrontar determinadas situaciones en la vida. 

Educar necesita distinguir entre el poder (del que controla porque puede hacer daño) y la autoridad (que se gana con la coherencia, la claridad y el cariño).

Los grandes pedagogos de la historia han insistido en que la educación es cosa del corazón. No nos dejemos atrapar con facilidad en los engaños del “quien bien te quiere te hará llorar”. Es cierto que, a veces, el resultado de un acto educativo puede y debe comportar malestar, exigencias no deseadas o dificultades. Pero, por encima de todo, quien bien te quiere, te ayudará a crecer y no te hará sufrir.


Paco López
Decano de la Facultad de Educación Social y Trabajo Social Pere Tarrés - URL

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