divendres, 10 de juny de 2016

Soy educador social

Hay situaciones profesionalmente emocionantes que sólo te pasan si trabajas de educador social.
Trabajar acompañando personas en procesos personales o colectivos es el estado permanente de una profesión como ésta. Ciertamente, son situaciones que diariamente te enfrentan ante la complejidad del ser humano y del contexto social. Pero a la vez, te lleva a una situación de satisfacción personal importante.

Esta no es una profesión para grandes impacientes. Pero a la vez, trabajar de educador social me ha ayudado a medir el tiempo de diferente manera, a saber contemplar los diferentes ritmos que nos ofrece la diversidad humana y, sobre todo, a respetarlos. Para los procesos aparentemente más sencillos este respecto es básico para que el protagonista siempre sea la persona a la que dedicas tu profesión.

El vínculo permanente con personas como herramienta de trabajo no lo tienen todos los oficios. Y menos, con el nivel de intensidad que requiere éste. Puedes  ser más o menos torpe en las relaciones con tus conocidos, pero a la hora de trabajar de educador o educadora social, desde que entras por la puerta del trabajo vas a tener que gestionar inevitablemente vínculos con personas.

Y no es de extrañar que el tema del vínculo sea una cuestión esencial en nuestro trabajo,  puesto que estar al lado de alguien para apoyarle en el proceso de toma de decisiones requiere de su permiso para que puedas compartir con él o ella ese espacio íntimo que se genera en esos momentos. No es nada fácil saber encontrar el equilibrio entre permanecer al lado de alguien para acompañar esos pequeños procesos de la vida diaria sin influir en la decisión pero sí en el proceso que la genera . Que sea su propia decisión es importante, así que podemos estar en el cómo lo hace y mantener la distancia justa en el contenido de la decisión pudiendo, lógicamente, sugerir, ofrecer alternativas, posibilidades, etc. No es nada fácil encontrar esa justa medida, pero  este tipo de cuestiones de fondo  hacen de esta profesión una posibilidad de dedicación personal extremadamente emocionante.

Trabajamos desde la vulnerabilidad, que por supuesto no siempre es sinónimo de pobreza económica. La exclusión viene dada por diferentes circunstancias y algunas pueden tener que ver con la invisibilidad de las circunstancias que envuelven a un colectivo de personas, la indefensión social por las que se ven impuestas, la vulneración continua de derechos en las que se ven sometidas o la imposibilidad de poder alzar sus puntos de vista con voz propia.

Pero sobre todo, trabajamos desde el descubrimiento de las posibilidades que tiene cada persona de poder decidir sobre sí mismo y tener una vida con la máxima satisfacción posible. Y más que la gratitud del profesional por descubrirla, que también es importante, son muy valiosos aquellos momentos en los que las personas con las que trabajamos descubren su potencial, a veces escondido por una sociedad que rechaza sistemáticamente las maneras de funcionar diferentes.

El trabajo de un educador o educadora social se mueve generalmente en espacios de alta complejidad debido a que compartimos situaciones de intimidad de esas personas. En un gran número de ocasiones, además, nuestro espacio laboral es un lugar tan extremadamente íntimo para la otra persona como es su propia casa, el lugar donde vive, su habitación. Y trabajar donde las otras personas viven multiplica la diversidad de variables que tenemos que tener en cuenta en nuestra práctica profesional.

Sin esconder la dureza mental e incluso, en ocasiones, física de la profesión, el retorno personal que comporta ejercer de educador social hace de ésta actividad laboral  una posibilidad que merece mucho la pena. Supone el ejercicio de mirar el mundo, nuestro entorno y nuestras calles de formas diferentes y, además, supone una posibilidad de mejora de nuestro entorno y de las personas de nuestro pueblo o ciudad.

No es una profesión fácil de ejercer, pero supone una revisión personal constante que lo convierten en un oficio especial y, desde luego, intenso.

Óscar Martínez-Rivera
Profesor de la Facultad de Educación Social y Trabajo Social Pere Tarrés - URL

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