dimecres, 21 de desembre de 2016

Si no es social, no es educación. Reflexiones desde Cerro Navia (Chile)



Paco López, Decano de la Facultad Pere Tarrés, en un momento
de su intervención en el seminario

El pasado 24 de noviembre tuve el privilegio de participar, junto con otros 180 profesionales de diferentes ámbitos, en el Seminario de Pedagogía social celebrado en la comuna de Cerro Navia, en Santiago de Chile. El subtítulo era toda una declaración de intenciones: reintegrando lo social a la práctica pedagógica. El encuentro estaba organizado por la Fundación Sara Raier de Rassmuss con la colaboración de la Universidad Alberto Hurtado y la Facultad de Educación Social y Trabajo social Pere Tarrés (Universidad Ramon Llull).

El espejo de la educación social (que no existe en Chile como carrera ni profesión, pero sí como práctica en contextos muy diversos) sirvió para poner frente a él a la escuela y repensar el sentido de la educación, en todas sus dimensiones. La escuela, allá como aquí, parece haber “secuestrado”, en ocasiones, a la educación, de igual manera que la instrucción lo ha hecho, a veces, con la escuela. Reducir la educación a lo que se hace en la escuela y reducir el papel de la escuela (en todas sus etapas) al desarrollo de un currículum formativo o a la obtención de certificados o títulos es, sin duda, uno de los riesgos asociados a la universalización de la escolarización. A este riesgo se une, en el caso de Chile (y de muchos otros países), la desigualdad de oportunidades generada por un sistema de organización escolar que hace depender excesivamente la calidad de las escuelas del nivel de renta del contexto en que estas se ubican y que convierte la calidad educativa en un bien de consumo, no siempre al alcance de todos. La nueva legislación chilena en materia escolar que se está acabando de definir intenta poner límites a estos males (la desigualdad y la mercantilización). 



La educación es un motor de cambio social

Afortunadamente, allá como aquí, muchos educadores y educadoras trabajan cada día para que, más allá de los escenarios concretos en los que se actúa y más allá de los recursos disponibles, personas de todas las edades desarrollen procesos de aprendizaje y de crecimiento que les permitan vivir con dignidad sus vidas y desplegar sus potencialidades. Son educadoras y educadores que entienden la educación como motor de cambio individual y colectivo, como fuente de igualdad de oportunidades y como actividad indisociable del compromiso ético y político (en su sentido más genuino). Es esa visión de la educación, cargada de perspectiva social, la que convocó a personas con etiquetas profesionales distintas (maestros y maestras, trabajadoras sociales, psicólogas, educadores de adultos, pedagogos, psicopedagogos, directivos de escuelas y de entidades sociales, sociólogas, educadoras de párvulos, responsables políticos…) hace unas semanas, en el Auditorio del Centro Cultural Violeta Parra de Cerro Navia. En un país en el que no existe la educación social, se habló (mucho y bien) de una educación que sólo puede ser tal si es profundamente social. 

El escenario elegido contribuyó a la coherencia de los discursos. No es lo mismo hablar de cosas como que los niños y niñas y sus familias se han de apropiar los espacios educativos, del valor de la experiencia como fuente de desarrollo de competencias o de la dimensión comunitaria de la educación (por poner algunos ejemplos) en el aula magna de una prestigiosa universidad que en un centro cultural de una barriada con serias carencias sociales y económicas y con muchos proyectos compartidos para mejorar esa realidad. Y no porque en la universidad se desvirtúen los análisis, sino porque, en ocasiones, determinados gestos acercan al análisis de la realidad mejor que las bibliotecas especializadas. 


Maya Angelou, artista y activista de los derechos civiles norteamericana, decía que la gente olvidará lo que dijimos o hicimos, pero nunca olvidará cómo les hicimos sentir. Probablemente también van por ahí las revoluciones educativas y sociales que se están tejiendo en esta época líquida, compleja y llena de incertidumbres. A la educación le toca, más que nunca, salir de su zona de confort, esa que hemos construido desde la sabiduría de los grandes modelos educativos y que ha ido configurando áreas de conocimientos, disciplinas científicas y profesiones celosas de marcar su territorio.


El foco ya no está en los contenidos (de acceso universal e inabarcables a la vez) ni siquiera en la brillantez del discurso o el método de los educadores. El foco está en los resultados, en el impacto efectivo de los procesos educativos en la vida de las personas. Ahí se libra la batalla y ahí se retratan las intenciones. Porque el valor de la educación puede medirse con informes PISA o indicadores de crecimiento económico y también puede medirse en reducción de la desigualdad o en incremento del bienestar y la felicidad de las personas. Y en las decisiones que tomamos a la hora de valorar el impacto de la educación se desvela nuestra concepción de la misma y, probablemente, una parte significativa de nuestro sistema de valores y nuestra visión del mundo. 


En Cerro Navia se habló de amor, de felicidad, de aprendizaje, de la importancia de las palabras (para no confundir, por ejemplo, vulnerados por vulnerables), de sentido, de mirada, de técnica… Se habló de educación con la pasión de quien busca interruptores grandes y pequeños para iluminar el mundo. Es probable, como decía Maya Angelou, que en breve ya no recordemos exactamente lo que dijimos, pero estoy seguro de que no olvidaremos como nos sentimos, como nos hicimos sentir. Y quizás esta es una de las grandes lecciones repasadas. No hay educación que no sea “educación social”, que no nazca de la construcción colectiva, de la relación, de la narración compartida de la propia vida, esa vida que, como cantaba Violeta Parra, nos regala tantas razones para estarle agradecidos.



Paco López
Decano de la Facultad de Educación Social y Trabajo Social Pere Tarrés - URL


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